Los Vascos en América (1922) – Euskal Selekzioa (I)

Los Primeros Pasos – Capítulo I

Con motivo de la final del campeonato de Copa, celebrada en Vigo el año 1922 entre los equipos Real Unión, de Irún, y Barcelona FC, estuve en aquella ciudad gallega pare ver aquel encuentro.

En mis andanzas por el bello puerto gallego tuve ocasión de entrevistarme con distinguidas personalidades del football español y vasco, que se reunían en el Nuevo Café, donde se celebraban tertulias deportivas, en las que se comentaban acaloradamente las características de los equipos contendientes antes del match, y los resultados inesperados del encuentro después de celebrado.

En el Café fui presentado a D. Mariano Hermoso, quien de buenas a primeras, y sin apenas conocernos, empezó a hablarme de sus trabajos realizados en años anteriores, y en aquella misma ocasión, para la formación de un potente equipo español que, representando al football nacional, hiciese una “tournée” por las Repúblicas sudamericanas (especialmente Argentina, Uruguay y Brasil), con objeto de dar a conocer en aquellos remotos países los progresos realizados por los futbolistas españoles, y consagrar nuevamente los laureles conseguidos en Amberes tras tenaces y porfiadas luchas olímpicas.

El Sr. Hermoso me contó minuciosamente las gestiones que hasta entonces había realizado cerca de determinados elementos, e incluso sobre los directivos españoles; hizo historia del fracaso que sufrió ante los ofrecimientos del célebre ex presidente del Racing madrileño Sr. Miró, de enviarle un equipo combinado español a base de elementos de su Club, barcelonistas y hasta algunos “ases” de otras regiones.

Me dijo igualmente que había sido víctima casi de una estafa al tener que desembolsar una partida de miles de pesetas para los primeros gastos de viaje, y de otra cantidad bastante considerable en cablegramas desde la República Argentina, solicitando informes sobre la formación del equipo y la fecha de su salida. (Hay que tener en cuenta que, según decía el Sr. Hermoso, se había trasladado éste a Buenos Aires, contando con el ofrecimiento, para preparar allí todo lo referente a la organización de partidos, fechas, etc., con las Federaciones de aquellos países).

Convencido el Sr. Hermoso de que la expedición no se llevaba a cabo, regresó a España, y se dedicó a buscar el Sr. Miró, sin lograr encontrarlo por ninguna parte (según él afirmaba), y entonces, consecuente aún con su propósito, y no escarmentado ante el fracaso experimentado, recurrió al organismo superior futbolístico, o sea al Comité Nacional, del que, por lo visto, no pudo obtener, a pesar de sus reiteradas instancias y ofrecimientos, más que buenas palabras.

En este estado de cosas, regresamos de Vigo a Bilbao y el Sr. Hermoso se empeñó en acompañarme para tantear la voluntad de los Clubs y jugadores vizcaínos, y ver de recabar su concurso. Las gestiones del Sr. Hermoso no se tomaron muy en serio en Bilbao, donde, conocedores de sus anteriores fracasos, se consideraba poco menos que muerta la expedición antes de llevarse a cabo.

Fueron muy contados los que en aquella ocasión tomaron en serio la cosa, y entonces el Sr. Hermoso decidió trasladarse a Donosti para ver si allí tenían mejor acogida sus propósitos, en vista de lo que en Vigo le dijeron algunos “equipiers” guipuzcoanos.

Yo mismo le entregué una carta de presentación al Sr. Hermoso para D. Salvador Díaz, presidente de la Federación de Guipúzcoa, exponiéndole los propósitos del delegado de la Asociación Argentina, e indicándole, al mismo tiempo las advertencias.

La Federación guipuzcoana tomó en consideración la proposición desde los primeros momentos, y, previas las garantías necesarias, empezaron a tramitarse rápidamente los pormenores de la larga excursión. Se celebraron numerosas reuniones con este motivo, y quiso atar bien los cabos para no quedarse en la estacada y encontrarse como la del cuento: “casada y sin novio”.

El Sr. Hermoso, en vista de las indicaciones recibidas tanto por mi parte como por la del Sr. Díaz, había ofrecido un viaje en ventajosas condiciones materiales de comodidad (cosa completamente conteste con el más puro “amateurismo”); había ofrecido una cantidad inicial a jugadores y delegados para equiparse convenientemente para la larga jornada, y unas dietas que tal vez a algunos pudieron parecer en los primeros momentos exageradas, sin tener en cuenta que, reducidas a moneda argentina, apenas bastaban para llenar los menesteres diarios de la vida en aquellas Repúblicas.

Además, el Sr. Hermoso se comprometía, en nombre de la Asociación Argentina, a depositar en el Banco del Río de la Plata la cantidad de 100.000 pesetas, que eran destinadas íntegras a beneficiar las cajas de la Federación guipuzcoana y Clubs vizcaínos y guipuzcoanos cuyos jugadores formaran parte del equipo, y cuya cantidad se reduciría de los ingresos obtenidos en los primeros matchs.

La Federación guipuzcoana, como es natural, quiso tener garantías de la realidad de estos ofrecimientos, y exigió al Sr. Hermoso las necesarias para su efectividad; la sucursal del Banco argentino fue la que garantizó la legitimidad de las firmas de los otorgantes y su responsabilidad material, y aún más previsora la entidad federativa que organizó el viaje, exigió la entrega, antes de salir, de los pasajes de ida y vuelta, cosa que también cumplió el Sr. Hermoso.

Orilladas todas las dificultades por el lado económico, se trató rápidamente de la formación del equipo representativo de la Federación guipuzcoana, equipo que, desde luego, debía ir reforzado con algunos jugadores de la vizcaína (entonces Norte) que a ello prestaran su asentimiento.

Ello debía hacerse rápidamente, pues el tiempo urgía, ya que la expedición debía salir en el breve espacio de quince días, y entonces comenzaron las primeras dificultades, dificultades que seguramente fueron las que dieron al traste con el resultado deportivo de la “tournée” futbolística.

Continuará … 

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El Ferencvarosi en San Mames (1914) – (1ª parte)

(Enero – 1914)

Desde su inauguración, el mes de Agosto pasado, siempre que asistía a San Mames a un partido trascendente pensaba en los gladiadores del circo antes de su entrada a la batalla final en la arena del Coliseo. Sin duda, los “modernos” futbolistas eran como aquellos antiguos luchadores romanos.

Los guardias del emperador romano despertarían a “Pichichus” y “Belaustus”, gladiadores de la escuela imperial en la Roma del emperador Trajano, momentos antes de reunirse con sus camaradas en el patio central para pasar lista. Después de recibir su desayuno de pan de cebada y queso de cabra, acudirían a la armería donde recibirían un escudo, un casco y ligeras armas de acero para prepararse una vez más para la batalla que se iba a desarrollar en la arena del Coliseo ante más de 50.000 espectadores.

Bajo el ojo avizor del instructor jefe, un sólido ex gladiador surcado de cicatrices y vencedor de varios torneos, el héroe local que hacía suspirar a las jóvenes, de nombre “Pichichus”, sudaba, escupía y maldecía mientras visualizaba en su mente las artes de parar golpes, atacar, responder y fintar, las cuales había estado entrenando durante la semana anterior con sus compañeros de lucha. Su vida dependería de su habilidad, su rapidez y sus reflejos de aquella misma tarde.

El luego famoso rugido de un soberbio San Mames a reventar me hizo levitar de mi localidad ante la salida inminente de los jugadores rojiblancos. Los once “gladiadores” rojiblancos bajaron raudos, entre los alterados aficionados rojiblancos, las escaleras desde los vestuarios situados detrás de la tribuna hasta el césped donde se disputaría momentos después el partido contra los invencibles húngaros capitaneados por el famoso general “Lakatos”.

1914 PITXITXI Y LAKATOS

Pichichi y Lakatos en San Mames

La muchedumbre se estremeció en un inacabable aplauso. Era una tarde envuelta en una bruma mágica. Alrededor del campo, la valla blanca, a lo lejos, tras la bruma y sobre la cabeza de los espectadores, la línea infantil de los chalets, y más lejos aún, el monte con su caperuza blanca, con su nieve quieta, serena. Bonita estampa la de San Mames aquel día.

En este campo precioso, que amo y amaré con locura el resto de sus días, se alzaba un murmullo bullicioso de gentes que discutían y de gentes que tenían un color romántico en sus ojos. La observación general, que perduraría durante años, de que el Athletic Club necesitaba para jugar con empeño, que enfrente se le ponga otro equipo más fuerte que él, tendría ese día una confirmación plena y concluyente.

Jamás hubiera creído que nuestros equipiers, colocados ante los húngaros, ante esos formidables jugadores invencibles, pudieran desarrollar y llegaran a hacer bregar a los magiares del modo indudable que llegaron a hacerlo.

Los “gladiadores” rojiblancos para aquel partido fueron los siguientes:

Amezaga

Solaun, Hurtado

Eguía, Joshe Mari Belauste, Izeta

Germán, Pichichi, Zubizarreta, Zuazo, Ramón Belauste

El primer choque fue sencillamente épico. Los bilbaínos tuvieron una valentía de ataque que hasta tiempo después no volvería a ver, ni siquiera intuir. Brotó de repente en todo el campo una llamarada de potencia, rapidez y furia desatada. Los húngaros, sin embargo, se defendían bien consiguiendo alejar el peligro, una y otra vez, pero al final Zuazo pasó a Ramón Belauste, mi admirado amigo Ramón, que a pecho descubierto volvió a correr la banda con la velocidad de un rayo a través de todas las líneas húngaras.

1914 ATHLETIC FERENVAROS

Athletic – Ferencvarosi (1914)

Los húngaros se dieron cuenta tarde del peligro, y aunque trataron de impedir el avance, Ramón, desde aquella banda izquierda que tantos triunfos ha dado y dará al Athletic, dirigió un centro maravilloso que recogió Zuazo para hacer un pase rapidísimo a “Pichichi”, el cual, sin dejar tiempo que llegaran los marcadores, tiró a puerta un disparo sesgado que ni siquiera vió el goalkepper húngaro entrar en su portería.

Ningún equipo en toda la gira había conseguido ponerse por delante de los terribles e inmensos húngaros. Era la apoteosis rojiblanca. Pañuelos en el aire, hurras, goras, abrazos, y “Pichichi” sonriente con los brazos en alto y los puños cerrados, mirando al cielo de San Mames, como un gladiador victorioso en el centro del Coliseo romano recibiendo la aclamación y glorificación popular con la sangre de su víctima diseminada por todo su cuerpo sudoroso de la cruel batalla.

– ¡Qué grande eres “Athletic”! ¡Qué grande! – solo podía repetir esa frase para mis adentros al recuperar la txapela que había lanzado en mi éxtasis de felicidad absoluta. ¡Lo más grande del mundo, Dios!

El Salón Olimpia y La Sociedad Athlética en el Campo de Lamiako.

(La primera filmación del Athletic data de 1905).

Infinidad de veces he estado tentado de solicitar mi ingreso en alguno de los numerosos clubs deportivos que tenemos en Bilbao, en los que se rinde culto a las más variadas formas deportivas, pero madurándolo bien he desistido de hacerlo, considerando que no reza conmigo la gimnasia sistemática de los músculos a los que, por otra parte, les he enseñado a hacer lo que les dé la real gana, sin sujeción a reglas ni principios, lo cual ha hecho que, a estas horas, ya no me sirvan para meter goal en ninguna parte, como no sea en la Pastelería Suiza, y eso a condición de que los balones afecten las hechuras de los “chuchus” y “relámpagos”, sobre todo recién salidos del horno.

Sin embargo, siempre me ha gustado asistir a todos los actos que se organizan en la Villa sea por el Athletic Club, el Club Deportivo Bilbao o cualquier otro Club, donde he encontrado excelentes amistades entre los deportistas del País Vasco. Por este motivo, me había acercado al Salón Olimpia de la Gran Vía a recoger mi entrada para el partido que se iba a disputar próximamente en la inauguración del nuevo campo del Club Deportivo Bilbao de Alameda Rekalde.

– Apártate, granujilla – me voceó Don Luis Briñas, al intentar atravesar la gran avenida, quien paseaba en una bicicleta con su característica gorra de Tweed, para no atropellarme. Don Luis me seguía llamando granujilla desde aquel día de hace algunos años que me encontró robándole manzanas en su finca de Begoña.

Impresionado, no sé si por aquel incidente o por la visión de la fachada modernista del Salón Olimpia, recordé la primera vez que pude penetrar más allá de las paredes exteriores, diseñadas por el entonces arquitecto municipal Ricardo Bastida, el día de su inauguración allá por septiembre de 1905, para visionar las primeras películas cinematográficas de mi vida.

1905 SALON OLIMPIA

Salón Olimpia. Fuente: Euskomedia.org

Aquella lejana tarde del otoño de 1905 lo primero que llamó la atención de mi mirada infantil fue la fachada del pabellón, por el buen gusto en sus adornos estilo modernista y la artística combinación de las lámparas eléctricas que la iluminaban. El arquitecto señor Bastida, ayudado del delineante señor SanMartín, había demostrado muy buen gusto en la construcción del edificio.

El edificio constaba de tres grandes cuerpos, midiendo el central 25 metros de largo por 18 de ancho y 6 ó 7 de alto, que era donde se encontraba instalado el cinematógrafo que disponía de un proyector Pathé Freres de París.

– Aitatxo! Quiero entrar allí, por favor! – le comenté tembloroso a mi padre señalando el cuerpo del edificio donde se hallaban instalados los juegos automáticos y recreativos totalmente novedosos en la Villa.

Acoplados a derecha e izquierda del salón central, iban dos cuerpos del edificio que se destinaban a tiro de salón, exposición comercial, juegos automáticos y recreativos, etc…, dando acceso el de la derecha a una espaciosa terraza que se trataba de poner en condiciones de confort para invierno y verano.

El decorado de todo el edificio había estado a cargo de los señores G. Pujol y Hermanos, y la instalación eléctrica a cargo del conocido ingeniero electricista don Isidoro Torá, los que habían puesto de relieve el buen gusto artístico que poseían.

– Después de ver lo que te quiero enseñar, hijo. No te arrepentirás, te doy mi palabra. – dictó sentencia con esa voz serena y cautivadora que caracterizaba a mi padre.

Al entrar en la sala central, alentado por sus palabras, un cuarteto de música nos dio la bienvenida tocando una pieza como lo haría después en los intermedios y en la exhibición de las películas al ser éstas mudas.

Después de sentarnos en las primeras filas junto a algunas personalidades de la Villa, a las siete en punto de la tarde comenzaron las proyecciones. Las películas fueron, si no me equivoco, el hada de las flores; el viaje en tercera clase; la venganza; la primera salida; de Damasco a Jerusalén; carrera de automóviles fueron una tras otra proyectadas sobre el lienzo con una claridad que nunca se había visto en Bilbao.

– Atento ahora. Esto era lo que quería enseñarte – me advirtió mi aita aunque yo ya para ese momento no podía ni pestañear de lo que estaba sucediendo delante de mis propios ojos infantiles.

En ese momento, que siempre agradeceré a mi adorado padre que no me llevase a los juegos recreativos, presencié uno de los primeros filmes rodados en Bilbao, el corto titulado “La Sociedad athlética en el campo de Lamiako”.

Las imágenes de la primera filmación que se le había hecho al Athletic días antes iban sucediéndose una tras otra. Allí, en el campo de Lamiako estaban mis ídolos, con su camisola azul y blanca encargadas por Juan Moser, Alejandro de la Sota, el gran back Amman, los hermanos Silva, Mario Arana quien luego sería alcalde de Bilbao, los ingleses Cockran, Davies y Dyer, Alejandro Acha, y otros sportman del Athletic. Me extrañó no ver a mi admirado Juan Astorkia entre ellos. Días después me enteraría de su desgraciada y temprana muerte.

Athletic 1905

La sala empezó a aplaudir sin parar de gritar hurras al Athletic y a Bilbao. Mi corazón latía a más de 150 pulsaciones por segundo. Era un momento histórico sin lugar a dudas. Según me dijeron después, era la primera vez que un equipo de fútbol nacional aparecía en una proyección cinematográfica. Tenía que ser el Athletic. Quién si no.

– Gracias. Nunca olvidaré este momento – le dije a mi aita abrazándole con todas las fuerzas de mi pequeño cuerpo. – Ya no quiero ir a los juegos. ¡Quiero una camiseta del Athletic y un pelotón!.

Mientras me dirigía silencioso con mi progenitor hacia nuestra casa deseoso de contar a mi madre lo que había vivido ese día no podía pensar en otra cosa que no fuera en la película. Espero que no se pierda y nuestros nietos puedan visualizarla para ver lo grande que era el Athletic ya en sus inicios.

En el Hotel antes de la Final de Copa (1913)

(Marzo – 1913)

Nuestro Athletic Club se enfrentaba al Racing Club de Irun aquella misma tarde, disputando la que sería primera final de Copa de la historia entre dos equipos vascos. Un verdadero acontecimiento que no me podía perder por nada en el mundo. ¿Puede haber algo mejor dentro del Football que una final entre dos equipos euskaldunes? ¿Os podéis imaginar si ocurriera ahora?

La cabeza me seguía dando vueltas y, sin embargo, no era culpa de la puerta de entrada del, todavía no renovado, Hotel de Roma de la nueva Gran Vía madrileña donde se hallaban alojados los equipiers del Athletic durante el campeonato de Copa de 1913.

1913 HOTEL ROMA MANUELBLASDOS

Hotel de Roma (1913) Fuente: Blog ManuelBlasdos

La noche anterior se había dilatado en el tiempo más de lo que hubiera querido. Al anochecer, después de ir a recoger la invitación a la casa del secretario de la Federación, y para distraer mi mente de la lucha que se iba a desarrollar en el Estadio de la Calle O’Donnell propiedad del Madrid FC al día siguiente, me acerqué a la cercana Sociedad Basko-Nabarra que me había recomendado mi amigo Manuel Ansoleaga conocedor de mi gran aprecio por la rica cerveza alemana “Pilsen” que tanto echaba de menos desde mi llegada a Madrid. Esta modesta cervecería era la Sede social del Athletic Club en Madrid, el centro de operaciones de nuestra sucursal.

Nada más girar hacia la céntrica Calle de la Cruz supe que había sido una acertada idea acercarme al ver, casi todos jóvenes bilbaínos o de pueblos cercanos que residían en Madrid, el gentío a la entrada del local del nº 25 de la citada calle. Era, como definirlo, umm, como una colmena de abejas. Una colosal colmena rojiblanca donde reinaba una fraternidad indescriptible. Fue como estar en nuestro Botxo en el mismo centro de Madrid.

– ¡Éste es mi sitio! – exclamé siendo conocedor de mi felicidad absoluta.

Allí se hablaba de football, del Athletic, de los jugadores que iban a tomar parte en el partido de la final del día siguiente, de las “filigranas” de Pichichi, del empuje de Joshe Mari, de la patada de Hurtado, etc… Los camareros no descansaban de servir jarras de cerveza mientras todos los jóvenes entonaban, entonábamos unidos mejor dicho, canciones de nuestra tierra y lanzábamos nuestras txapelas al aire. Un verdadero oasis vasco en el desierto madrileño, repleto de fotografías y caricaturas de nuestro Athletic sobre las encaladas paredes del local.

– ¡Ja, Ja, Ja! – me recibió Ansoleaga al ver aparecer mi pálida tez, producto sin duda de mi excesivo entusiasmo de la noche anterior, en la habitación del hotel donde masajeaba a uno de los equipiers rojiblancos – Veo que me hiciste caso y visitaste nuestra Sociedad Basko-Nabarra.

Manuel Ansoleaga era para mí una leyenda, un ídolo, un padre al que escuchaba con atención siempre que hablaba del Athletic en aquellas extensas veladas del mítico Café García bilbaíno. A él le oí por primera vez hablar de la posteriormente famosa arenga del difunto “Juanito” Astorkia en el descanso de aquella final de Copa de 1903 en el que Manuel jugó de medio compartiendo línea con Enrique Goiri, quien luego sería “famoso” tenor, y George Cockram.

Athletic 1903

Athletic Club (1903). Manuel Ansoleaga es el primero de la derecha en la fila intermedia.

– “Manolito”, lo hice… ¡Por Bilbao y por el Athletic! – contesté, como Astorkia en el hipódromo de la Castellana diez años antes, mientras saludaba al jugador rojiblanco Esteban Eguía, otro afamado consumidor del néctar bávaro que esperaba el turno de su regenerador masaje, bajo la atenta mirada de Aquilino Acedo, hermano del posteriormente famosísimo internacional “Txomin”.

Un día de partido suponía, para un footbolista athlético, el salirse de lo normal; pero si este partido era de campeonato traspasaba ya los límites de lo extraordinario. El único que podía dormir bien y tranquilo era “Pichichi” siempre que Belauste no le molestara con una de sus frecuentes “fechorías”.

Desde la hora de levantarse se notaban ya los preparativos del encuentro. La tensión y el nerviosismo eran grandes y los equipiers se dedicaban a distenderse como mejor podían. La mayor parte de los que habían de jugar a la tarde, rendían culto al cuerpo con masajes donde se relajaban antes de la lucha deportiva. El infatigable “entrenador”, Ansoleaga, que bien se había ganado ese título por cierto, no descansaba. Allá estaba él donde era preciso “estirpar” los efectos de una patada, o aligerar los músculos. Era una verdadera institución que incluso tranquilizaba a los jugadores con su sabiduría.

–  ¡Tú chuta fuerte y ajustado al palo! ¡Es sencillo! – simplificaba la táctica que debía de adoptar el delantero rojiblanco para tranquilizarle.

Cualquier curioso que quisiera, sin necesidad de tener sutileza, algo que no podremos pedir nunca a vasco alguno, podía entrar perfectamente en cualquiera habitación del equipo. Gustaban los jugadores de habitaciones en común. En alguna era fácil que se notara más animación, más movimiento y ruido de lo normal. Incluso, esa mañana, se podía oir al goalkeeper Ibarretxe tocar la biribilketa animando a la parroquia rojiblanca. También Luis Solaun se arrancaba a cantar como si fuera un tenor de ópera pero con resultados no tan positivos desgraciadamente. Aunque cualquier cosa era buena para distraer al equipo.

Athletic 1913

Athletic Club (1913)

– ¿Te quedarás a comer con nosotros? – me preguntó Ansoleaga mientras ordenaba unas vendas y unas tobilleras para el encuentro de la tarde.

Ni loco, pensé para mis adentros. La comida, al contrario que los momentos anteriores, era casi fúnebre. Se pensaba en el partido, se temía una derrota y por eso no reinaba el humor. Además, la escasez de platos era la nota predominante en el menú bilbaíno. Había que correr mucho y por eso era preciso tener el estómago bien vacío. La tensión era grande y palpable en el ambiente.

– Me va a ser imposible aceptar, amigo mío, – respondí sin titubear ni un segundo – aunque pasaré a visitaros antes que os marchéis al campo.

Después de la comida venía la hora solemne de las recomendaciones mientras se concentraban para el partido. Era un momento místico que no me quería perder. Todo el mundo metía baza, daba consejos y hacían toda clase de recomendaciones y sugerencias.

– ¡Hay que ayudar más a los medios! – sentenciaba, con decisión, el gran Joshe Mari dirigiéndose a un delantero.

– Bien – contestaba el aludido con cierta languidez fraternal.

– ¡A mí me la pasáis por bajo! – recomendaba un interior.

– ¡Marcar más a los extremos! – exigían los backs.

Cosas por este estilo se oirían cuando los jugadores, después de comer, esperarían con una impaciencia loca al coche que les llevaría al campo atravesando la Puerta de Alcalá. ¿Cómo me lo iba a perder? ¡Tendría que estar loco!

– ¡Aurrera! – sentenciaría finalmente Joshe Mari cuando llegase la hora del partido y todos los jugadores se pondrían en movimiento como una máquina perfectamente sincronizada a la orden dada.

Los gladiadores rojiblancos estarían en ese momento preparados para ir unidos hacia la lucha una vez más. Morir o ganar, esa era la consigna dada.

El triste destino del Aviron Bayonnais (1914)

1914 AVIRON BAYONNAIS

(Diciembre – 1914)

Había dejado a mis buenos amigos Joshe Mari Belauste, equipier del Athletic, y Manuel Losada, director del recién creado Museo de Bellas Artes de Bilbao, conversando sobre el transcurso de la 1ª Guerra Mundial en el Café Suizo bilbaíno. El tiempo no acompañaba desde hacía unos días y habíamos ido a saciar nuestra gula y templar nuestros cuerpos con un chocolate acompañado de relámpagos, uno de mis vicios reconocidos.

Nada más abandonar el histórico café, lo vi cruzando los añejos arcos de la Plaza Nueva. Su rostro distraído revelaba un gran dolor. Durante un momento creí confundirme, pero me convencí al aproximarme que era el entusiasta Mr. Choribit, el presidente del “Aviron Bayonnais”.

Siento molestarle – le dije – pero tendría mucho gusto en conocer la suerte del pobre “Aviron” vasco, a quien tanto queremos los aficionados del Athletic.

Mr. Choribit, después de dirigirme, con su exquisita amabilidad, frases muy halagüeñas para Bilbao y el Athletic, me contó, con frases llenas de sentimiento, la triste historia del admirable equipo en la Primera Guerra Mundial:

– Como sabe usted, casi todo el “Aviron” figura, mejor dicho, figuraba en el 49 de línea. – comenzó su relato. – Al séptimo día de la movilización, nuestros hermanos se encontraban en la frontera belga. Ellos sufrieron el fuego terrible de los primeros combates. Ya sabrá usted cómo allí nuestro regimiento quedó aniquilado. Allí murieron tres de nuestros más notables equipiers, Iguinitz, Fortis y Pierre. Un obús arrancó el brazo derecho a Poidebasque, actualmente preso en Alemania. Nuestros tres malogrados amigos murieron como héroes.

– Iguinitz fue herido en los primeros momentos de la gran batalla. – continuó su relato mientras mi cuerpo se iba encogiendo por instantes – Ocupaban una trinchera tan próxima a los alemanes, que sus posiciones las veían perfectamente. Estaban prontos a dar una formidable carga a la bayoneta. Iguinitz fue herido en una pierna. La herida echaba abundante sangre.

– Es preciso que usted se retire le dijo el oficial.

– No, aún puedo seguir – contestó continuando en su puesto.

El combate seguía más encarnizado. El poco rato, Iguinitz recibía una nueva herida. Dos soldados de la ambulancia corrieron a auxiliarle.

– No es nada – dijo, tranquilizándoles, Iguinitz.

Y, tomando una venda, se cubrió una ancha brecha en el muslo, por donde manaba abundante sangre. Los camilleros trataron de llevarle. Fue inútil. Por fin, una bala le atravesó la cabeza. Muy cerca de allí abrieron su tumba.

– ¡Qué lástima de muchacho! – exclamé. Y le recordé como le había conocido en Irún, después del campeonato, al que acudió, como muchos otros del “Aviron” aplaudiendo con entusiasmo al “Athletic Club” después de ganar, meses antes, la Copa de 1914 con dos goles de Severino Zuazo.

– Y en cuanto a Fortis – añadió Mr. Choribit – su nombre ha quedado unido a un momento tristemente glorioso del regimiento. Sin él, hubiesen perecido muchos más de nuestros compatriotas. La compañía donde él se encontraba hallábase en un caso apuradísimo. El enemigo a pocos metros y ellos sin municiones. Por momentos corrían el peligro de ser heridos o prisioneros. El capitán se dirigió a los soldados.

– Se necesita – les dijo – un hombre de valor para ir a la trinchera próxima y traer municiones.

– Iré yo – exclamo Fortis.

Dejando sus armas, con una agilidad de tigre, salió de su trinchera. El fuego era intensísimo. Ráfagas de metralla caían continuamente sobre la trinchera del 49.

Fortis conseguía su objetivo, saliendo libre del peligro. Saltando con su agilidad admirable, adquirida en los frontones y en los campos de rugby, lograba evitar las balas y transportar gran cantidad de municiones. Pero su hora había llegado. Era casi la última escapada que tenía que hacer a la otra trinchera. Venía triunfante, con los brazos cargados, la cabeza erguida, sin miedo al terrible fuego.

– Agáchate más – le gritaron sus amigos.

– ¡Oh!, ¡No creáis, que el peso es para encorvarse! – exclamó gozosamente.

Apenas pudo terminar la frase. Una bala le entró por debajo de la barbilla, dejando sin vida aquella hermosa naturaleza joven y fuerte. Nosotros no nos olvidaremos nunca de nuestros tres bravos hermanos.

– Y crea usted que nosotros tampoco. ¡Pobres vascos! – dije tremendamente abrumado por sus palabras.

– ¿Y Fernand Forques? – pregunté temiendo su respuesta.

– Estaba perfectamente, como sus hermanos hace algún tiempo. Pero crea usted que de los vascos no sabemos nada, por ahora. – respondió emocionado.

Al terminar la trágica historia, el simpático presidente del “Aviron” revelaba el dolor más profundo. Mientras nos despedíamos con un sentido abrazo pensé que seguramente él también tendría que marchar al Norte de Europa a vestirse el uniforme. Sería más que probable que fuera la última vez que estuviéramos juntos.

– Malditas guerras!!! Cuando nos dejaran vivir tranquilos a los vascos!!! – exclamé con rabia mientras me alejaba apretando los puños apenado por aquellos jóvenes deportistas vascos que el destino les había llevado a una temprana muerte.

Ojalá la Virgen de Begoña cuide que los jugadores del Athletic tengan más suerte que sus desgraciados hermanos. – rogué al cielo a pesar de mi exigua creencia religiosa.

Jose Cabieces Iturburuaga, el Héroe de Amute (1ª Parte)

– Help!!! Help me, please!!! Help!!! – como en aquella exitosa canción de The Beatles, el Capitán Archibald Selman gritaba desesperado mientras su blanco cuerpo se hundía bajo las todavía limpias aguas de la ría del Ibaizabal. Entretanto, mi cuerpo infantil luchaba semihundido en el fango que cubría aquella orilla inundada y mis compañeros de juegos se reían sonoramente por mis inútiles esfuerzos por ayudar al infortunado inglés.

Una vez más me desperté jadeando, e inundado en mi propio sudor, mientras me preguntaba por qué tendría que seguir soñando con el desgraciado Capitán Selman después de los años transcurridos.

Era mucho tiempo el que había pasado desde aquel día que nuestra pelota había sobrevolado el “Cementerio Británico”; o como se le conocía antiguamente “de los siete árboles” por culpa de un grupo de siete robles que existieron hacía tiempo y que ya habían sido talados; impulsada por Pepe Cabieces y que tuve que ir a recuperarla por mi acreditada mala suerte en cualquier clase de sorteos.

Allí estaba yo; por qué no reconocerlo ahora, muerto de miedo por las terroríficas historias que me había contado mi aitite cuando en su juventud iba a cazar en invierno “Mingorras” en el abandonado cementerio donde, a veces, se encontraba los huesos protestantes flotando en el agua por culpa de las frecuentes inundaciones que sufría la zona; allí estaba yo, decía, muerto de miedo, cuando leí inocentemente una lápida que su epitafio me perseguiría muchas noches posteriores:

Capitán Archibald Selman, ahogado en la ría de Bilbao en el año 1806. Descanse en Paz.

Mientras me aseaba aquella mañana medité que la mayoría de la gente pensaría que yo podría odiar a “Pepe” Cabieces por aquel “ingenuo” pelotazo defensivo de principios de siglo pero mucho más alejado de la realidad. Realmente le admiraba de corazón, no sólo por haber sido un buen amigo de juventud, sino por todo lo que regaló al Athletic en los escasos años que estuvo en activo con el equipo rojiblanco al máximo nivel sin pedir nunca nada a cambio.

JOSE CABIECES REVISTA

“Pepe” Cabieces. Fuente: MiAthletic.com

José Cabieces Iturburuaga, “Pepe” Cabieces, nació cinco meses después de mi añorado “Pichichi”, un 12 de Octubre de 1892, en la Anteiglesia de San Pedro de Deusto cuando ésta era todavía independiente a Bilbao.

Le conocí un día de verano cuando pasaba la época estival en el caserio de mi pariente Luis Elejabeitia Basañez situado encima de la hoy desaparecida estación de Deusto. Fuimos una tarde los tres a cazar tximbos con nuestros recién estrenados tiragomas naciendo una buena e inalterable amistad con “Pepito”. No tendríamos más de ocho o diez años según estima mi memoria.

Comenzó a jugar al fútbol ¿“profesional”?,  en 1906, cuando tenía catorce años y estudiaba en la “Academia de San Fernando” situada en la parte trasera de la Diputación, formando parte del equipo “The Brown”. En este “team” jugaban con él, entre otros, los famosos hermanos iruneses Angoso, Marcelo, Pepe y Ángel. Con este equipo llegó a jugar el campeonato infantil que organizaba el equipo rojiblanco para menores de 17 años en Lamiako denominado “Copa Athletic” al final de la temporada 1906-07.

A pesar del buen juego que desarrolló su once frente al “Bilbao” en el partido de desempate, no pudieron contrarrestar el empuje del contrario por tirar mejor a gol los delanteros opuestos, aprovechando mejor las ocasiones que se le presentaron y en particular de Luis Martínez Laucirica, conocido como “Pinillos”, quien luego jugaría también en el Athletic (estaría en el once athlético del histórico partido inaugural de San Mames) y que ya por entonces era un maestro. El resultado del partido fue una derrota por 4 a 1 aunque estuvo muy competido a pesar de la diferencia de goles. El Bilbao se clasificaba para la Final que perdería días después contra el “Aberri” del colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, de Algorta. Como curiosidad, los partidos se jugaban en dos tiempos de treinta minutos con objeto de que no se cansasen demasiado los jugadores.

A pesar de la derrota, el joven Cabieces, que jugaba por entonces de back, se distinguió en su equipo junto a Rochelt, que jugaba de medio, y su capitán Moscoso. Del Bilbao se distinguieron todos sus delanteros, especialmente Pérez, Yarza, el mencionado “Pinillos”, Jose María Rica y el back Ricardo Hurtado, estos dos últimos también jugarían más adelante en el Athletic y en el Arenas. Nunca se me olvidará la cara de satisfacción de todos nosotros al leer la reseña del partido en un periódico local días después donde aparecía el nombre de nuestro amigo entre los destacados del encuentro.

Al año siguiente pasó a jugar con este equipo, el “Bilbao”, del que llegó a ser capitán, jugando de back, donde jugaría con Luis Izeta entre otros. También perteneció al “Quo Vadis?”, en el que figuraban nombres tan famosos como Seve Zuazo, Artetxe, Villamil, … Incluso llegó a jugar con el “11 HP”, en compañía de Salaberry, en la línea zaguera. Lo importante de aquellos años para Cabieces era jugar … cuanto más mejor. ¡Qué recuerdos aquellos en el campo de Lamiako!

Después de regresar de mi estancia en Londres, donde disfruté del football profesional, y apenas una semana después de cumplir Cabieces los 17 años, el 17 octubre de 1909, debutó de medio izquierda en el Athletic, contendiendo con el Sporting Club de Irún, en el campo de Lamiako, perdiendo el partido los iruneses por dos a cero. En aquel partido también debutó otro de los grandes del Athletic “Luisito” Hurtado.

Luis Hurtado

“Luisito” Hurtado, debutó con Cabieces en 1909.

La alineación del equipo rojiblanco estuvo compuesta por Crawford, quien según me dijeron provenía del Queen Park Rangers, como “goalkeeper” sustituyendo a Luis Astorkia en el último momento; Juanito Arzuaga, quien hizo un espléndido partido demostrando que era un maestro una vez más, y Aldekoa, quien debido a estar acostumbrado al suelo duro de Madrid no pudo brillar, como “backs”; Cabieces compartió la línea media con Tickner y el gran Joshe Mari Belauste, quien dominó a los delanteros contrarios; y la delantera estaba compuesta por Remigio Iza, Villamil, Linaoe, Laca y Luis Hurtado.

Los de Irun se aprovecharon del poco peso de “Luisito”, cargándole repetidas veces, sin consideración alguna. Qué valiente e incansable era el gran Hurtado!! Nuestro protagonista, Cabieces, cumplió bien en la línea media aunque extrañaba un poco el puesto al haber jugado normalmente de “back”. Sin embargo, demostró, una vez más, que tenía facultades para ser un jugador de primera fila.

El primer gol lo consiguió Arzuaga de Penalty, el segundo por Remigio Iza a un pase de Luis Hurtado y el tercero también Arzuaga después de un corner lanzado magistralmente por Hurtado. El último gol lo consiguió Arzuaga, en un arranque de los suyos. A pesar de estar cubierto por tres iruneses que consiguieron echarle al suelo, consiguió pasar el pelotón desde la hierba a Linaoe consiguiendo éste el cuarto goal para el Athletic. El gol de los iruneses los consiguió Angoso, quien había estudiado con Cabieces con catorce años años antes.

Poco después su familia le prohibiría seguir jugando al fútbol durante una gran temporada.

Fin de la primera parte.-

La Bendición de San Mames.

(Marzo – 1913).-

Tenía el propósito de no ir a ver el campo del Athletic hasta que no estuviera totalmente terminado. Siempre he sido aficionado a las grandes impresiones pero la vista del cuadro de Pepe Arrúe me había impedido de resistir a la tentación y me encaminé a observar los adelantos que hubiera podido hacer el contratista para hacerme una idea de cuando se podría inaugurar San Mames.

Me dirigía caminando por la gran avenida bilbaína envuelto en mis recuerdos, todavía muy recientes, de la última vez que había estado donde ahora se estaban desarrollando las obras del campo del Athletic con motivo de la bendición de los terrenos.

Aquel día histórico, los rostros de los futbolistas bilbaínos revelaban,  sin disimulo, orgullo y satisfacción como diría un real cazador de elefantes muchos años después, todos regocijados de alegría y exteriorizando la dicha que abrigaban sus pechos. Era lógico, conociendo el motivo que nos había congregado, aquel 20 de enero de 1913, a todos en aquellas alejadas campas adosadas al asilo de misericordia.

1913 BENDICION DE SAN MAMES

¡La bendición del campo del Athletic, en Bilbao! ¡Éste era el motivo!

Con tamboril y txistu algunos, con cohetes otros, y todos alegres y dichosos, nos habíamos desplazado en manifestación pacífica hacia San Mamés, para que Manuel Ortúzar, el sacerdote más entusiasta del football, que seguía la marcha del Athletic sin perder detalle, sin reparar en molestias y sacrificios, en nombre del señor, rociara con agua bendita aquel terreno situado en la prolongación de la Gran Vía, que iba a ser testigo de tantas y tantas proezas de los bravos equipiers del Athletic Club convirtiéndose en un verdadero fortín para nuestros intereses deportivos.

Como curiosa anécdota, al sacerdote se le había olvidado el hisopo, que para los que no asisten con asiduidad a este tipo de actos litúrgicos es un utensilio de metal provisto de un mango con una bola hueca agujereada, por lo que tuvo que utilizar una hoja de berza de una campa cercana para expandir el agua bendita. No voy a narrar aquí el comentario que me susurró el bueno de “Pichichi” al oído por si acaso le quisieran excomulgar.

1913 BENDICION MANUEL ORTUZAR

– Y que este campo, cuyas obras empiezan hoy, sea anfiteatro de reñidas luchas en las que os cubráis de laureles y logréis los triunfos a los que tantas veces os hicisteis merecedores – promulgó finalmente  el sacerdote mientras arrojaba el agua bendita sobre el campo del Athletic con toda la solemnidad que requería el acto de bendición.

– ¡Hurra Bilbao! ¡Hurra el Athletic Club! – gritó orgulloso entonces el gran Joshe Mari Belausteguigoitia ante la algarabía de júbilo general.

En ese preciso momento, Alejandro de la Sota, presidente y exjugador del Athletic, no pudo contener una lágrima de emoción que descendía a escondidas por su rostro. No era precisamente por iniciar la construcción del hermoso campo sino por la prueba de cariño y el sentir del orgullo de ver cómo el pueblo de Bilbao había respondido al llamamiento del Club rojiblanco en una suscripción abierta demostrando tener una confianza ciega en su Club.

Lo que no se imaginaba el presidente athlético que todos nosotros, la afición rojiblanca, nos sentíamos igual de orgullosos de tener un Club que mereciera tal cariño y que fuera acreedor de nuestro alocado amor. Espero que los dirigentes rojiblancos nunca se olviden de esto pues será la base de los cimientos de nuestro Club y nuestras futuras victorias.

Mis pensamientos se fueron diluyendo mientras me iba acercando a los terrenos de las herederas de Novia Salcedo que el Athletic había alquilado por diez años, pagando 4.000 ptas (24 €) anuales por su uso. Después de la larga caminata de los casi tres kilómetros que separaban mi casa situada en el centro del casco viejo, por fin, pude presenciar entusiasmado el magnífico aspecto que presentaban las obras del campo.

El relleno casi estaba terminado aunque todavía había dos parejas de bueyes trabajando arduamente en el reparto de material. La general y la preferencia se situaban en talud dominando el campo. El arquitecto, Manuel María Smith e Ybarra, daba las instrucciones precisas al contratista y a sus ayudantes dibujando detalles arquitectónicos en el terreno con un bastón para no dejar nada al azar. La madera que iba a ser necesaria para la construcción de la tribuna principal estaba acopiada en los aledaños.

Las obras iban a buen ritmo pero no creía que pudieran estar acabadas para la fecha prevista por el Athletic. Según mis cálculos, la inauguración del campo del Athletic rondaría el “caluroso” mes de Agosto. Las fiestas patronales de Bilbao serían, sin duda alguna, un buen momento para poder inaugurar este gran campo.