En el Hotel antes de la Final de Copa (1913)

(Marzo – 1913)

Nuestro Athletic Club se enfrentaba al Racing Club de Irun aquella misma tarde, disputando la que sería primera final de Copa de la historia entre dos equipos vascos. Un verdadero acontecimiento que no me podía perder por nada en el mundo. ¿Puede haber algo mejor dentro del Football que una final entre dos equipos euskaldunes? ¿Os podéis imaginar si ocurriera ahora?

La cabeza me seguía dando vueltas y, sin embargo, no era culpa de la puerta de entrada del, todavía no renovado, Hotel de Roma de la nueva Gran Vía madrileña donde se hallaban alojados los equipiers del Athletic durante el campeonato de Copa de 1913.

1913 HOTEL ROMA MANUELBLASDOS

Hotel de Roma (1913) Fuente: Blog ManuelBlasdos

La noche anterior se había dilatado en el tiempo más de lo que hubiera querido. Al anochecer, después de ir a recoger la invitación a la casa del secretario de la Federación, y para distraer mi mente de la lucha que se iba a desarrollar en el Estadio de la Calle O’Donnell propiedad del Madrid FC al día siguiente, me acerqué a la cercana Sociedad Basko-Nabarra que me había recomendado mi amigo Manuel Ansoleaga conocedor de mi gran aprecio por la rica cerveza alemana “Pilsen” que tanto echaba de menos desde mi llegada a Madrid. Esta modesta cervecería era la Sede social del Athletic Club en Madrid, el centro de operaciones de nuestra sucursal.

Nada más girar hacia la céntrica Calle de la Cruz supe que había sido una acertada idea acercarme al ver, casi todos jóvenes bilbaínos o de pueblos cercanos que residían en Madrid, el gentío a la entrada del local del nº 25 de la citada calle. Era, como definirlo, umm, como una colmena de abejas. Una colosal colmena rojiblanca donde reinaba una fraternidad indescriptible. Fue como estar en nuestro Botxo en el mismo centro de Madrid.

– ¡Éste es mi sitio! – exclamé siendo conocedor de mi felicidad absoluta.

Allí se hablaba de football, del Athletic, de los jugadores que iban a tomar parte en el partido de la final del día siguiente, de las “filigranas” de Pichichi, del empuje de Joshe Mari, de la patada de Hurtado, etc… Los camareros no descansaban de servir jarras de cerveza mientras todos los jóvenes entonaban, entonábamos unidos mejor dicho, canciones de nuestra tierra y lanzábamos nuestras txapelas al aire. Un verdadero oasis vasco en el desierto madrileño, repleto de fotografías y caricaturas de nuestro Athletic sobre las encaladas paredes del local.

– ¡Ja, Ja, Ja! – me recibió Ansoleaga al ver aparecer mi pálida tez, producto sin duda de mi excesivo entusiasmo de la noche anterior, en la habitación del hotel donde masajeaba a uno de los equipiers rojiblancos – Veo que me hiciste caso y visitaste nuestra Sociedad Basko-Nabarra.

Manuel Ansoleaga era para mí una leyenda, un ídolo, un padre al que escuchaba con atención siempre que hablaba del Athletic en aquellas extensas veladas del mítico Café García bilbaíno. A él le oí por primera vez hablar de la posteriormente famosa arenga del difunto “Juanito” Astorkia en el descanso de aquella final de Copa de 1903 en el que Manuel jugó de medio compartiendo línea con Enrique Goiri, quien luego sería “famoso” tenor, y George Cockram.

Athletic 1903

Athletic Club (1903). Manuel Ansoleaga es el primero de la derecha en la fila intermedia.

– “Manolito”, lo hice… ¡Por Bilbao y por el Athletic! – contesté, como Astorkia en el hipódromo de la Castellana diez años antes, mientras saludaba al jugador rojiblanco Esteban Eguía, otro afamado consumidor del néctar bávaro que esperaba el turno de su regenerador masaje, bajo la atenta mirada de Aquilino Acedo, hermano del posteriormente famosísimo internacional “Txomin”.

Un día de partido suponía, para un footbolista athlético, el salirse de lo normal; pero si este partido era de campeonato traspasaba ya los límites de lo extraordinario. El único que podía dormir bien y tranquilo era “Pichichi” siempre que Belauste no le molestara con una de sus frecuentes “fechorías”.

Desde la hora de levantarse se notaban ya los preparativos del encuentro. La tensión y el nerviosismo eran grandes y los equipiers se dedicaban a distenderse como mejor podían. La mayor parte de los que habían de jugar a la tarde, rendían culto al cuerpo con masajes donde se relajaban antes de la lucha deportiva. El infatigable “entrenador”, Ansoleaga, que bien se había ganado ese título por cierto, no descansaba. Allá estaba él donde era preciso “estirpar” los efectos de una patada, o aligerar los músculos. Era una verdadera institución que incluso tranquilizaba a los jugadores con su sabiduría.

–  ¡Tú chuta fuerte y ajustado al palo! ¡Es sencillo! – simplificaba la táctica que debía de adoptar el delantero rojiblanco para tranquilizarle.

Cualquier curioso que quisiera, sin necesidad de tener sutileza, algo que no podremos pedir nunca a vasco alguno, podía entrar perfectamente en cualquiera habitación del equipo. Gustaban los jugadores de habitaciones en común. En alguna era fácil que se notara más animación, más movimiento y ruido de lo normal. Incluso, esa mañana, se podía oir al goalkeeper Ibarretxe tocar la biribilketa animando a la parroquia rojiblanca. También Luis Solaun se arrancaba a cantar como si fuera un tenor de ópera pero con resultados no tan positivos desgraciadamente. Aunque cualquier cosa era buena para distraer al equipo.

Athletic 1913

Athletic Club (1913)

– ¿Te quedarás a comer con nosotros? – me preguntó Ansoleaga mientras ordenaba unas vendas y unas tobilleras para el encuentro de la tarde.

Ni loco, pensé para mis adentros. La comida, al contrario que los momentos anteriores, era casi fúnebre. Se pensaba en el partido, se temía una derrota y por eso no reinaba el humor. Además, la escasez de platos era la nota predominante en el menú bilbaíno. Había que correr mucho y por eso era preciso tener el estómago bien vacío. La tensión era grande y palpable en el ambiente.

– Me va a ser imposible aceptar, amigo mío, – respondí sin titubear ni un segundo – aunque pasaré a visitaros antes que os marchéis al campo.

Después de la comida venía la hora solemne de las recomendaciones mientras se concentraban para el partido. Era un momento místico que no me quería perder. Todo el mundo metía baza, daba consejos y hacían toda clase de recomendaciones y sugerencias.

– ¡Hay que ayudar más a los medios! – sentenciaba, con decisión, el gran Joshe Mari dirigiéndose a un delantero.

– Bien – contestaba el aludido con cierta languidez fraternal.

– ¡A mí me la pasáis por bajo! – recomendaba un interior.

– ¡Marcar más a los extremos! – exigían los backs.

Cosas por este estilo se oirían cuando los jugadores, después de comer, esperarían con una impaciencia loca al coche que les llevaría al campo atravesando la Puerta de Alcalá. ¿Cómo me lo iba a perder? ¡Tendría que estar loco!

– ¡Aurrera! – sentenciaría finalmente Joshe Mari cuando llegase la hora del partido y todos los jugadores se pondrían en movimiento como una máquina perfectamente sincronizada a la orden dada.

Los gladiadores rojiblancos estarían en ese momento preparados para ir unidos hacia la lucha una vez más. Morir o ganar, esa era la consigna dada.

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