El Salón Olimpia y La Sociedad Athlética en el Campo de Lamiako.

(La primera filmación del Athletic data de 1905).

Infinidad de veces he estado tentado de solicitar mi ingreso en alguno de los numerosos clubs deportivos que tenemos en Bilbao, en los que se rinde culto a las más variadas formas deportivas, pero madurándolo bien he desistido de hacerlo, considerando que no reza conmigo la gimnasia sistemática de los músculos a los que, por otra parte, les he enseñado a hacer lo que les dé la real gana, sin sujeción a reglas ni principios, lo cual ha hecho que, a estas horas, ya no me sirvan para meter goal en ninguna parte, como no sea en la Pastelería Suiza, y eso a condición de que los balones afecten las hechuras de los “chuchus” y “relámpagos”, sobre todo recién salidos del horno.

Sin embargo, siempre me ha gustado asistir a todos los actos que se organizan en la Villa sea por el Athletic Club, el Club Deportivo Bilbao o cualquier otro Club, donde he encontrado excelentes amistades entre los deportistas del País Vasco. Por este motivo, me había acercado al Salón Olimpia de la Gran Vía a recoger mi entrada para el partido que se iba a disputar próximamente en la inauguración del nuevo campo del Club Deportivo Bilbao de Alameda Rekalde.

– Apártate, granujilla – me voceó Don Luis Briñas, al intentar atravesar la gran avenida, quien paseaba en una bicicleta con su característica gorra de Tweed, para no atropellarme. Don Luis me seguía llamando granujilla desde aquel día de hace algunos años que me encontró robándole manzanas en su finca de Begoña.

Impresionado, no sé si por aquel incidente o por la visión de la fachada modernista del Salón Olimpia, recordé la primera vez que pude penetrar más allá de las paredes exteriores, diseñadas por el entonces arquitecto municipal Ricardo Bastida, el día de su inauguración allá por septiembre de 1905, para visionar las primeras películas cinematográficas de mi vida.

1905 SALON OLIMPIA

Salón Olimpia. Fuente: Euskomedia.org

Aquella lejana tarde del otoño de 1905 lo primero que llamó la atención de mi mirada infantil fue la fachada del pabellón, por el buen gusto en sus adornos estilo modernista y la artística combinación de las lámparas eléctricas que la iluminaban. El arquitecto señor Bastida, ayudado del delineante señor SanMartín, había demostrado muy buen gusto en la construcción del edificio.

El edificio constaba de tres grandes cuerpos, midiendo el central 25 metros de largo por 18 de ancho y 6 ó 7 de alto, que era donde se encontraba instalado el cinematógrafo que disponía de un proyector Pathé Freres de París.

– Aitatxo! Quiero entrar allí, por favor! – le comenté tembloroso a mi padre señalando el cuerpo del edificio donde se hallaban instalados los juegos automáticos y recreativos totalmente novedosos en la Villa.

Acoplados a derecha e izquierda del salón central, iban dos cuerpos del edificio que se destinaban a tiro de salón, exposición comercial, juegos automáticos y recreativos, etc…, dando acceso el de la derecha a una espaciosa terraza que se trataba de poner en condiciones de confort para invierno y verano.

El decorado de todo el edificio había estado a cargo de los señores G. Pujol y Hermanos, y la instalación eléctrica a cargo del conocido ingeniero electricista don Isidoro Torá, los que habían puesto de relieve el buen gusto artístico que poseían.

– Después de ver lo que te quiero enseñar, hijo. No te arrepentirás, te doy mi palabra. – dictó sentencia con esa voz serena y cautivadora que caracterizaba a mi padre.

Al entrar en la sala central, alentado por sus palabras, un cuarteto de música nos dio la bienvenida tocando una pieza como lo haría después en los intermedios y en la exhibición de las películas al ser éstas mudas.

Después de sentarnos en las primeras filas junto a algunas personalidades de la Villa, a las siete en punto de la tarde comenzaron las proyecciones. Las películas fueron, si no me equivoco, el hada de las flores; el viaje en tercera clase; la venganza; la primera salida; de Damasco a Jerusalén; carrera de automóviles fueron una tras otra proyectadas sobre el lienzo con una claridad que nunca se había visto en Bilbao.

– Atento ahora. Esto era lo que quería enseñarte – me advirtió mi aita aunque yo ya para ese momento no podía ni pestañear de lo que estaba sucediendo delante de mis propios ojos infantiles.

En ese momento, que siempre agradeceré a mi adorado padre que no me llevase a los juegos recreativos, presencié uno de los primeros filmes rodados en Bilbao, el corto titulado “La Sociedad athlética en el campo de Lamiako”.

Las imágenes de la primera filmación que se le había hecho al Athletic días antes iban sucediéndose una tras otra. Allí, en el campo de Lamiako estaban mis ídolos, con su camisola azul y blanca encargadas por Juan Moser, Alejandro de la Sota, el gran back Amman, los hermanos Silva, Mario Arana quien luego sería alcalde de Bilbao, los ingleses Cockran, Davies y Dyer, Alejandro Acha, y otros sportman del Athletic. Me extrañó no ver a mi admirado Juan Astorkia entre ellos. Días después me enteraría de su desgraciada y temprana muerte.

Athletic 1905

La sala empezó a aplaudir sin parar de gritar hurras al Athletic y a Bilbao. Mi corazón latía a más de 150 pulsaciones por segundo. Era un momento histórico sin lugar a dudas. Según me dijeron después, era la primera vez que un equipo de fútbol nacional aparecía en una proyección cinematográfica. Tenía que ser el Athletic. Quién si no.

– Gracias. Nunca olvidaré este momento – le dije a mi aita abrazándole con todas las fuerzas de mi pequeño cuerpo. – Ya no quiero ir a los juegos. ¡Quiero una camiseta del Athletic y un pelotón!.

Mientras me dirigía silencioso con mi progenitor hacia nuestra casa deseoso de contar a mi madre lo que había vivido ese día no podía pensar en otra cosa que no fuera en la película. Espero que no se pierda y nuestros nietos puedan visualizarla para ver lo grande que era el Athletic ya en sus inicios.

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En el Hotel antes de la Final de Copa (1913)

(Marzo – 1913)

Nuestro Athletic Club se enfrentaba al Racing Club de Irun aquella misma tarde, disputando la que sería primera final de Copa de la historia entre dos equipos vascos. Un verdadero acontecimiento que no me podía perder por nada en el mundo. ¿Puede haber algo mejor dentro del Football que una final entre dos equipos euskaldunes? ¿Os podéis imaginar si ocurriera ahora?

La cabeza me seguía dando vueltas y, sin embargo, no era culpa de la puerta de entrada del, todavía no renovado, Hotel de Roma de la nueva Gran Vía madrileña donde se hallaban alojados los equipiers del Athletic durante el campeonato de Copa de 1913.

1913 HOTEL ROMA MANUELBLASDOS

Hotel de Roma (1913) Fuente: Blog ManuelBlasdos

La noche anterior se había dilatado en el tiempo más de lo que hubiera querido. Al anochecer, después de ir a recoger la invitación a la casa del secretario de la Federación, y para distraer mi mente de la lucha que se iba a desarrollar en el Estadio de la Calle O’Donnell propiedad del Madrid FC al día siguiente, me acerqué a la cercana Sociedad Basko-Nabarra que me había recomendado mi amigo Manuel Ansoleaga conocedor de mi gran aprecio por la rica cerveza alemana “Pilsen” que tanto echaba de menos desde mi llegada a Madrid. Esta modesta cervecería era la Sede social del Athletic Club en Madrid, el centro de operaciones de nuestra sucursal.

Nada más girar hacia la céntrica Calle de la Cruz supe que había sido una acertada idea acercarme al ver, casi todos jóvenes bilbaínos o de pueblos cercanos que residían en Madrid, el gentío a la entrada del local del nº 25 de la citada calle. Era, como definirlo, umm, como una colmena de abejas. Una colosal colmena rojiblanca donde reinaba una fraternidad indescriptible. Fue como estar en nuestro Botxo en el mismo centro de Madrid.

– ¡Éste es mi sitio! – exclamé siendo conocedor de mi felicidad absoluta.

Allí se hablaba de football, del Athletic, de los jugadores que iban a tomar parte en el partido de la final del día siguiente, de las “filigranas” de Pichichi, del empuje de Joshe Mari, de la patada de Hurtado, etc… Los camareros no descansaban de servir jarras de cerveza mientras todos los jóvenes entonaban, entonábamos unidos mejor dicho, canciones de nuestra tierra y lanzábamos nuestras txapelas al aire. Un verdadero oasis vasco en el desierto madrileño, repleto de fotografías y caricaturas de nuestro Athletic sobre las encaladas paredes del local.

– ¡Ja, Ja, Ja! – me recibió Ansoleaga al ver aparecer mi pálida tez, producto sin duda de mi excesivo entusiasmo de la noche anterior, en la habitación del hotel donde masajeaba a uno de los equipiers rojiblancos – Veo que me hiciste caso y visitaste nuestra Sociedad Basko-Nabarra.

Manuel Ansoleaga era para mí una leyenda, un ídolo, un padre al que escuchaba con atención siempre que hablaba del Athletic en aquellas extensas veladas del mítico Café García bilbaíno. A él le oí por primera vez hablar de la posteriormente famosa arenga del difunto “Juanito” Astorkia en el descanso de aquella final de Copa de 1903 en el que Manuel jugó de medio compartiendo línea con Enrique Goiri, quien luego sería “famoso” tenor, y George Cockram.

Athletic 1903

Athletic Club (1903). Manuel Ansoleaga es el primero de la derecha en la fila intermedia.

– “Manolito”, lo hice… ¡Por Bilbao y por el Athletic! – contesté, como Astorkia en el hipódromo de la Castellana diez años antes, mientras saludaba al jugador rojiblanco Esteban Eguía, otro afamado consumidor del néctar bávaro que esperaba el turno de su regenerador masaje, bajo la atenta mirada de Aquilino Acedo, hermano del posteriormente famosísimo internacional “Txomin”.

Un día de partido suponía, para un footbolista athlético, el salirse de lo normal; pero si este partido era de campeonato traspasaba ya los límites de lo extraordinario. El único que podía dormir bien y tranquilo era “Pichichi” siempre que Belauste no le molestara con una de sus frecuentes “fechorías”.

Desde la hora de levantarse se notaban ya los preparativos del encuentro. La tensión y el nerviosismo eran grandes y los equipiers se dedicaban a distenderse como mejor podían. La mayor parte de los que habían de jugar a la tarde, rendían culto al cuerpo con masajes donde se relajaban antes de la lucha deportiva. El infatigable “entrenador”, Ansoleaga, que bien se había ganado ese título por cierto, no descansaba. Allá estaba él donde era preciso “estirpar” los efectos de una patada, o aligerar los músculos. Era una verdadera institución que incluso tranquilizaba a los jugadores con su sabiduría.

–  ¡Tú chuta fuerte y ajustado al palo! ¡Es sencillo! – simplificaba la táctica que debía de adoptar el delantero rojiblanco para tranquilizarle.

Cualquier curioso que quisiera, sin necesidad de tener sutileza, algo que no podremos pedir nunca a vasco alguno, podía entrar perfectamente en cualquiera habitación del equipo. Gustaban los jugadores de habitaciones en común. En alguna era fácil que se notara más animación, más movimiento y ruido de lo normal. Incluso, esa mañana, se podía oir al goalkeeper Ibarretxe tocar la biribilketa animando a la parroquia rojiblanca. También Luis Solaun se arrancaba a cantar como si fuera un tenor de ópera pero con resultados no tan positivos desgraciadamente. Aunque cualquier cosa era buena para distraer al equipo.

Athletic 1913

Athletic Club (1913)

– ¿Te quedarás a comer con nosotros? – me preguntó Ansoleaga mientras ordenaba unas vendas y unas tobilleras para el encuentro de la tarde.

Ni loco, pensé para mis adentros. La comida, al contrario que los momentos anteriores, era casi fúnebre. Se pensaba en el partido, se temía una derrota y por eso no reinaba el humor. Además, la escasez de platos era la nota predominante en el menú bilbaíno. Había que correr mucho y por eso era preciso tener el estómago bien vacío. La tensión era grande y palpable en el ambiente.

– Me va a ser imposible aceptar, amigo mío, – respondí sin titubear ni un segundo – aunque pasaré a visitaros antes que os marchéis al campo.

Después de la comida venía la hora solemne de las recomendaciones mientras se concentraban para el partido. Era un momento místico que no me quería perder. Todo el mundo metía baza, daba consejos y hacían toda clase de recomendaciones y sugerencias.

– ¡Hay que ayudar más a los medios! – sentenciaba, con decisión, el gran Joshe Mari dirigiéndose a un delantero.

– Bien – contestaba el aludido con cierta languidez fraternal.

– ¡A mí me la pasáis por bajo! – recomendaba un interior.

– ¡Marcar más a los extremos! – exigían los backs.

Cosas por este estilo se oirían cuando los jugadores, después de comer, esperarían con una impaciencia loca al coche que les llevaría al campo atravesando la Puerta de Alcalá. ¿Cómo me lo iba a perder? ¡Tendría que estar loco!

– ¡Aurrera! – sentenciaría finalmente Joshe Mari cuando llegase la hora del partido y todos los jugadores se pondrían en movimiento como una máquina perfectamente sincronizada a la orden dada.

Los gladiadores rojiblancos estarían en ese momento preparados para ir unidos hacia la lucha una vez más. Morir o ganar, esa era la consigna dada.

Los Comienzos de “Pichichi”

Marzo – 1913

– No me detengo que salgo para Irún en cinco minutos. Tómate algo por mi salud y algo por el Athletic!! me dijo “Pichichi” según pasaba corriendo hacia Atxuri con tanta prisa como si le persiguiese el mismísimo diablo.

Sobresaltado levanté la vista del periódico y no me dio tiempo ni siquiera a ver su sombra. Recordé que, esa misma tarde, el Athletic partía para la ciudad fronteriza a disputar su último partido de preparación antes de la Copa de 1913 en Madrid.

PICHICHI

Rafael Moreno Aranzadi, “Pichichi”

De paisano, Rafael Moreno Aranzadi era un despreocupado, un bohemio, para quien el momento del momento era el único momento. Para él, no existía ni el ayer ni el mañana. Perteneciente a una distinguida familia bilbaína, sobrino de don Miguel Unamuno, sobrino de Telesforo Aranzadi e hijo de Joaquín Moreno Goñi, exalcalde de Bilbao, “Pichichi” fue siempre un simpático pilluelo de buen tono, arbitrario, discutidor, gracioso y amigo de la discusión y de la paradoja como su ilustre tío.

Lo clásico de “Pichichi” en los viajes era su maleta. Una maleta enorme, descolorida, vieja, de emigrante, que llegaba siempre con su dueño cuando la última campanada de la estación hacía arrancar el tren. A aquella maleta se le llamaba en el equipo “La Fumigada”. Lo gracioso era que en sus ámbitos enormes, siempre iba el mismo lastre, un par de calcetines, una camisa y un cuello. Nada más. Con esta impedimenta, “Pichichi” estaba dispuesto a dar la vuelta al mundo.

Hacía tiempo que conocía a Rafael. Por el año 1903, el Athletic Club jugaba en el terreno de Lamiako despertando la afición al foot-ball de un grupo de escolares entre los que nos encontrábamos los dos. Juan Astorquia, Walter Evans, Luis Arana, Pedro Larrañaga, Enrique Careaga, etc…, eran los “ases” de la época. “Pichichi” daba entonces sus primeras patadas y trazaba, con una incoherencia infantil, sus primeros “driblings”. Tenía entonces 10 años, y se alistó en el equipo “Victoria” del equipo de los Escolapios de la Alameda Rekalde que jugaba en uno de los campos en la Campa de los Ingleses.

PICHICHI

“Pichichi” Fuente: Memorias del Club Deportivo

Recuerdo que un día nos escapamos juntos para ver un partido en Lamiako. Aquel fue el primer partido serio que vimos en nuestra vida. Jugaban el Athletic y el Burdigala de Burdeos. Los encuentros entre el equipo bilbaíno y el “Burdingala”, ponían la nota internacional de aquellos tiempos.

Allí vimos por primera vez jugadores que tenían bigote y dos o tres que llevaban “cap”, que era una especie de gorrita con visera. Lamiako eran entonces unos terrenos arenosos. Antes de llegar a la estación, los críos que íbamos montados en el tren tuvimos que apearnos en marcha para evitar pagar el trayecto. Durante los diez primeros minutos no se nos permitió entrar al campo. Luego, ya impacientes, nos dejaron sentarnos en la hierba. Tribuna y billete de ferrocarril, ida y vuelta en primera clase, costarían tres pesetas con cincuenta céntimos aproximadamente. Una verdadera fortuna para nosotros.

Después de algunos años de ausencia en un colegio de la provincia, donde se hizo famoso por su pintoresca forma de comentar la historia, atribuyendo condiciones de “back” a Viriato y de delantero centro a Felipe II, “Pichichi” volvió a nuestra villa, ingresando entonces en el tercer equipo del Athletic, el “Bambino”, desde el que pasó rápidamente al equipo reserva, llamado por entonces “Bilbao”, con el que disputó la Copa en 1911 primero contra la Academia de Artillería y después contra nuestro Athletic en Jolaseta.

FUTBOL CLUB BILBAO 1911

FC Bilbao en Jolaseta (1911).

Al finalizar el campeonato de Copa, dentro de los encuentros internacionales que el Athletic había organizado para finalizar la temporada, “Pichichi” jugaría su primer partido internacional con el “Bilbao” contra los franceses del Toulouse, consiguiendo los dos goles bilbaínos en una victoria por dos a cero. Aquel mismo día mientras el Athletic jugaba su partido contra el equipo inglés “The Civil Service”, don Alejandro de la Sota presidente rojiblanco, decidió que era el momento de subir a Rafael Moreno y a Esteban Eguía al primer equipo.

Unos meses después, en octubre de ese mismo año (1911) se alineó con el primer equipo del Athletic en un encuentro serio por primera vez contra el Sporting Club de Irún en el campo de Jolaseta. Jugaba entonces de exterior izquierda, y su actuación pasó desapercibida debido a una escasa entrada. Los “equipiers” iruneses visitaban Jolaseta a beneficio de la Asociación Vizcaína de Caridad y ganaron los fronterizos por uno a dos con gol rojiblanco de “Luisito” Hurtado que actuaba de exterior derecha.

El equipo del Athletic estuvo compuesto por:

Luis Astorquia

Kortina, Juan Arzuaga

Pascual Manzarraga, Jose Mari Belauste (JM), Esteban Eguía

Luis Hurtado, Luis Izeta, Edwards, Ramón Belauste, “Pichichi”

El mejor del equipo bilbaíno en aquel partido fue Luis Astorquia que estuvo hecho un coloso, haciendo paradas y realizando salidas como en la final de Copa disputada meses atrás contra el Espanyol en Jolaseta.

Pascual Manzarraga, realizó una “parada” dentro del área lo que supuso el correspondiente penalti y el primer gol del Sporting Club. Años después, en 1913, Pascual, excelente motorista, ganaría en una emocionante carrera, el Premio Ayuntamiento de Plentzia con una preciosa Rudge 500 cc. El estupendo jugador irunes, Bello, conseguiría el goal de la victoria en el segundo tiempo.

Ramón Belauste, quien también debutaba en el equipo rojiblanco, y “Pichichi” trabajaron lo indecible y se arreglaron perfectamente. También fue el primer partido del inglés Edwards que cumplió en el puesto que le encomendaron. Los bilbaínos a última hora acabaron con la lengua fuera por falta de entrenamiento y sus contrincantes estaban dispuestos a jugar otro match.

Algunos aficionados, entre los que citaré a “Juanito” Arzuaga y a Ramón Etxebarría, fueron los que lograron que se diera a “Pichichi” el puesto de interior derecha, que ocupó por primera vez el 31 de diciembre del mismo año, en el primer partido que jugó en Jolaseta el Athletic contra el “London Hospital United”.

1911-12 UNITED HOSPITAL

Jugadores del Athletic y del London Hospital United en Jolaseta.

Ya entonces logró desarrugar el ceño de los exigentes aficionados bilbaínos aunque el resultado final de aquel encuentro fue 0-4 a favor de los ingleses. Al día siguiente, en un fantástico encuentro disputado de poder a poder, el Athletic conseguiría su primera victoria ante un equipo de las islas por un emocionante 3-2 final. “Pichichi” saldría ovacionado al final del partido por primera vez. Aquel día lloré de emoción al ver jugar a mi amigo.

En Pascuas de 1912, “Pichichi” pasó de un salto indescriptible a la categoría de ídolo de los aficionados rojiblancos. El Athletic no se presentó a la Final de Copa de ese año y se jugó entonces, como el año anterior, un match con el famoso equipo inglés “The Civil Service” y nuestro hombre, que estrenaba unas botas que le habían regalado por suscripción los clientes de la peluquería donde se cortaba el pelo cada dos meses, rubricó una actuación maravillosa, logrando marcar tres goles irreprochables y llenos de valentía en la meta contraria.

A partir de aquel momento, “Pichichi” haría vibrar al público bilbaíno de tal forma que en señal de júbilo tiraba al campo la boina, la chaqueta y cualquier otro objeto que tuviera a mano. ¡Tardes de “Pichichi”! … ¡Tardes de locura!.

RAFAEL MORENO PICHICHI

Un de sus últimas fotografías de “Pichichi”

Fue así como venir a Bilbao comenzaría a ser trágico para todos los equipos visitantes. Atrás, Joshe Mari Belauste, enardeciendo a los suyos con sus gritos de Aurrera y su colosal potencia. Adelante, “Pichichi” el genial, el rey del “dribling”, emperador del oportunismo, improvisador, inquieto, amenazante siempre; el hombre águila que, a toda marcha, con cualquier pie, de cualquier manera, rodeado de un racimo de contrarios, despedía el balón con una fuerza increíble hasta las mallas … “Pichichi” ponía electricidad en el público.